El Hijo Pródigo (México, 1943-1946)

Foto: Zona Paz

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El Hijo Pródigo ha tenido la virtud de causar una cierta inquietud en nuestros medios intelectuales. Cuando más real y honda fuera esta agitación mejor quedaría cumplido nuestro deseo: la misión del escritor tal vez no sea otra que la de despertar, la de inquietar las conciencias. No nos referimos, claro es, al escándalo, al griterío hacia fuera, sino al entrañable clamor que, milagrosamente, a veces levanta la palabra silenciosa…

(Editorial, El Hijo Pródigo 3)

He mencionado el Café París. Y el Café París es algo que no se puede pasar por alto en la vida literaria de México correspondiente a la década de 1930 a 1940. Porque la literatura de México se hizo en esa década en el Café París. […] Allí se reunían en una mesa presidida por Octavio Barreda, siempre alerta, siempre lleno de buen humor, siempre bromista y travieso, pero siempre eficaz y positivo, todos los colaboradores de Letras de México y de El Hijo Pródigo. En realidad allí se planeaban y se hacían esas revistas. Entre broma y chiste, entre el humo del café y de los cigarros, allí llegaban sucesiva y alternativamente con sus originales, Ermilo Abreu Gómez, Rodolfo Usigli —otros amigos cuya amistad no ha sido menos apreciada por mí a pesar de las diferencias que en ocasiones nos han distanciado—, José Luis Martínez, Octavio Paz, Joaquín Díez Canedo, Jorge González Durán, Alí Chumacero, Isaac Rojas Rosillo, Adolfo Menéndez Samará y muchísimos más a quienes quisiera no sólo nombrar, sino tener el tiempo suficiente para decir algo de ellos.

(Celestino Gorostiza, El trato con escritores)

Neruda era muy borracho y le gustaba una exclusividad absurda de sus amigos. Entonces, Octavio publicó en El Hijo Pródigo unos sonetos de José Bergamín, que era amigo de todos ellos, pero había peleado con Neruda. Neruda le exigió a Octavio que los quitara. Éste se negó. Al poco tiempo hubo una comida para Pablo. Le fui a decir que estaba mal que estuviera peleado con Octavio. Y dijo: “Sí, está bien, me voy a contentar con él“. Entonces le pregunté si podía invitar a Octavio a la comida para que se saludaran. Aceptó. Así, fuimos a la comida y nos acercamos al fondo, donde estaba Pablo. Éste se levantó, medio borracho, y le tomó la camisa por el cuello a Octavio, hasta que se rompió. Le dijo: “Tu conciencia no está tan limpia como la camisa”. Se armó un desorden. Pellicer repetía: “Pero Pablo, pero Pablo”. Nos fuimos a un bar, a tomar medias de seda. Después escribimos contra Neruda, en Letras de México.

José Luis Martínez, en Ana Cecilia Terrazas, “Anecdotario de Henestrosa, Martínez y Soriano”, Letras Libres 7 (julio de 1999).

[El poema de Efraín Huerta aparecido en el número 14] es bueno, mejor dicho, tiene versos, fragmentos; sigo creyendo que es un auténtico poeta ahogado por las palabras y la pereza. Me parece un acierto publicar poemas de Huerta –lo digo con toda sinceridad, a pesar de que Efraín me ha atacado con frecuencia.

(Octavio Paz, Carta a Octavio G. Barreda, citado por Guillermo Sheridan, Breve revistero mexicano)

La colaboración hispánica es desastrosa. El verbalismo, en filosofía y poesía, se vienen convirtiendo en una manera habitual de los modernos españoles para ocultar su vacío. ¿Leyó usted en Cuadernos Americanos los poemas de Jiménez, [León] Felipe, [Emilio] Prados, etc.? O esas personas no tienen ya nada que decir, porque nada les pasa, o substituyen sus experiencias por una retórica cada vez más externa. Escriben —incluso Juan Ramón— por fórmula. Es cierto que el verbalismo es un defecto —y a veces una virtud— de nuestra literatura, pero nunca la poesía había llegado a este grado de penuria intelectual y derroche palabrero. Es posible que los poetas mexicanos hayan llegado a la misma extinción, pero, por lo menos, cuando no tienen nada que decir se callan. No creo, como Xavier, que la esterilidad sea una virtud, pero sí es una actitud inteligente y honrada.

(Octavio Paz, Carta a Octavio G. Barreda, citado por Guillermo Sheridan, Breve revistero mexicano)

«Para hacerle una entrevista que se publicaría en Tierra Nueva, a principios de 1940, Xavier Villaurrutia, a quien veíamos por primera vez, nos recibió en el pequeño departamento que tenía en la calle de Artículo 123, decorado con cierto gusto entre refinado e intencionadamente amanerado, con muebles y pintura del siglo XIX. Imagino que Xavier buscaba no sólo complacer una afición suya, sino encontrar un contraste con el tono de su inteligencia, tan sobria y precisa.

     Mis amigos y yo íbamos a conocer al poeta admirado, metálico, frío y exacto de los Nocturnos, y encontramos, además, un conversador que en lugar de elocuencia prefería la exactitud y en lugar de los toques pintorescos optaba por el efecto de los retruécanos ingeniosos, a los que era tan afecto, y que parecían resolver en los ángulos de su juego lógico la confusión de las ideas.

     Después conversaría muchas veces con Xavier en la redacción de Letras de México y de El Hijo Pródigo, y en la peña del Café París, y cada encuentro me renovó la misma sensación de esa inteligencia permanentemente lúcida, inalterable por las pasiones. Cuando en alguna fiesta se veía venir el caos, Villaurrutia tenía el don de desaparecer en el momento justo sin que nadie lo percibiera, pero mientras tanto solía ser un bailador notable, si de ello se trataba.

     Mantenía su trato intelectual separado radicalmente de su vida privada con ese mismo tacto elusivo, discreto que hay en su obra. Se había trazado una norma de vida y un estricto programa para su obra que acató siempre; consciente de las limitaciones de su breve reino, se dedicó a perfeccionarlo y nunca incursionó fuera de su veta.»

José Luis Martínez, “Recuerdo de los Contemporáneos”, Letras Libres, 25 (enero, 2001).

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