San-Ev-Ank (CDMX, 1918)

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«Recibí tu libro. Con él, la sorpresa holandesa. Entregué los ejemplares a [José Juan] Tablada y Carlos [Chávez]. No te miento, hermano: se vinieron de gusto. Sobre todo Carlos. José Juan —un perfecto acomodaticio— por fin reconoció que eras “el primer poeta de 1927”. Es decir, de los jóvenes. Es decir, de México. Es decir, de América (aquí le dije “achíquele, compadre”).

Realmente estás muy bien. Cojonudamente. Cátedra para los post-sanevankianos, los cuales estaban crecidísimos. Otro baño como éste y los haces papilla.»

(Octavio G. Barreda a Carlos Pellicer, carta, Nueva York, marzo 20 de 1927, en Morales Lara, H. P., “Cartas de Octavio G. Barreda y Xavier Villaurrutia a Carlos Pellicer”, Literatura Mexicana, 8(1), 1997).

«La ironía, la irrespetuosidad y hasta la herejía fueron despertándose en nosotros. Y fue entonces cuando nos decidimos a formar otra revista, la cual vendría a ser el anverso de la anterior [Gladios]. La publicación —que resultó en realidad un libelo— apareció el 11 de julio de 1918 con el misterioso nombre de San-ev-ank pequeñita, paupérrima, con pésimo papel e impresión, y de unas veinte paginillas de texto, que era el máximo que nos permitían nuestros recursos. Su director fue [Luis Enrique] Erro, y el que habla su administrador. Sus redactores más destacados fueron, además de nosotros dos, los inteligentes y agudos Guillermo Dávila y Fernando Velázquez Subikurski, éste desaparecido en plena flor de juventud. Sus colaboradores de más relieve fueron, entre otros compañeros de aula, Francisco Xavier Gaxiola, Javier Piña y Palacios, Pablo Campos Ortiz y René Capistrán Garza, en el ramo de la economía política y problemas educativos o sociales; y en el de la literatura, Carlos Pellicer Cámara, Bernardo Ortiz de Montellano, José Gorostiza Alcalá, Jaime Torres Bodet y Enrique González Rojo (todos de apellidos dobles, de acuerdo con la tendencia que se puso de moda quizá por influencia de Pedro Henríquez Ureña), los que más tarde —justos diez años después—vendrían a constituir con su revista el grupo de los Contemporáneos. 

San-ev-ank, que era semanal, llegó a los quince números, desapareciendo el 15 de noviembre del mismo año de 1918. Su popularidad fue extraordinaria, principalmente entre los alumnos de Leyes y Preparatoria, al grado de que cuando llegábamos a dichas escuelas con el último número oliendo aún a tinta fresca nos lo arrebataban alumnos y profesores, agotándose en un dos por tres los ejemplares que acarreábamos en un destartalado coche de sitio. Sin embargo, con los años mucho de su contenido vino a desvanecerse y decolorarse, y estaría condenado al más completo olvido si no fuera por el hecho de haber agrupado en sus páginas a los futuros Contemporáneos y de iniciarlos en sus espléndidos destinos literarios. Pues aún lo que fue en sus días la tónica mayor de su política estudiantil, lo acerbo de su crítica a personas y acontecimientos, no tiene ya en la actualidad ninguna, o casi ninguna, validez por haber desaparecido hace muchos años las condiciones de entonces y los individuos involucrados en ellas. Fueron en verdad muy violentas sus alusiones, bromas, ironías, mofas y tomaduras de pelo, todo lo cual rayaba en lo increíble, en lo indecible. Hacíamos burlas y sarcasmos de todo el mundo: de nuestros más respetables maestros, de las autoridades universitarias, de nuestros amigos y compañeros, y hasta de nosotros mismos. Estas actitudes, no obstante, quizá puedan considerarse como el principio de una rebeldía que más tarde vendría a cuajar en la autonomía universitaria. Antes de nosotros nada puede hallarse semejante; jamás se había manifestado irrespetuosidad y desprecio iguales. ¿Era que la Revolución comenzaba a transformar las mentes de las generaciones jóvenes? ¿O era que ésta no cumplía con lo que había ofrecido en sus postulados? Algo ha de haber habido en todo ello. Nuestra revistilla, mala como era, tuvo cierta “conciencia del momento”, su granito de arena de “contenido social”, como se dice y exige tanto por ahora. […]

Volvamos a la misteriosa palabra San-ev-ank. Ésta no era sino la combinación de las primeras letras o sílabas de los seudónimos o anagramas que usábamos los que formamos originalmente el grupo: SAN venía del seudónimo de Guillermo Dávila (Filemón de Santigny); EV, del anagrama de Octavio Gabino Barreda (Giotto Evaci, Barón D’Abra): y ANK, del seudónimo de Fernando Velázquez Subikurski (Max von der Anks). Un francés, un italiano y un alemán: inocentes bobadas de adolescencia. Eso era todo. Erro llegó a usar el de Fabián Conde, pero cuando se unió a nuestro grupo la palabra estaba ya formada. Colecciones completas de esta travesura juvenil son rarísimas; y que yo sepa, sólo Vicente Lombardo Toledano —que era una de nuestras continuas víctimas—  posee una; otra Pellicer, y otra Dávila. Yo conservo la mía con el mismo cariño que un viejo guarda el último de sus juguetes de infancia.» 

Octavio G. Barreda. “Gladios, San·ev-ank, Letras de México, El Hijo Pródigo”, Las revistas literarias de México, México, Instituto Nacional de Bellas Artes, 1963, pp. 216-220.

« De acuerdo con el espíritu festivo de la publicación, los redactores de San-ev-ank a menudo rubricaron sus textos con seudónimos humorísticos. Y a veces atribuyeron algunas composiciones satíricas a autores que nada tenían que ver con ellas, como es el caso de los poemas que aparecen en la revista firmados por Ramón López Velarde o por Antonio Castro Leal. La mayoría de los seudónimos que se utilizaron en San-ev-ank aparecen identificados a continuación, merced a la buena memoria de Guillermo Dávila —a cuya gentileza debemos también el que haya sido posible reproducir el primer número de la revista. 

Abubilla. Una alumna de la Escuela Normal. Leopoldo Alchiquero. Pablo Campos Ortiz. Brutus. Manuel de la Torre y Moralí. Fatty. Fernando Velázquez Subikurski. Fernán Grana. Enrique Fernández Granados. Flor de Mayo. Manuel de Villavicencio y Toscano. Gabriel David. Guillermo Dávila. ]udge. Javier Alatorre. K. Inn. Sátrapa Montaño.* Marina. Una alumna de la Escuela Normal. Max von O’grapho. Fernando Velázquez Subikurski. Paul I. Chinela. Guillermo Ross. Paul I. Doro. Carlos Palomar y Arias. Paul I. Zonthe. Juan Cordero. Paul K. Guillermo Dávila. Paul Trona. Fernando Velázquez Subikurski. Paul Vera. Francisco Xavier Gaxiola. Paul Villos. Octavio G. Barreda. Paul Voeres y Paul Voserás. Octavio G. Barreda y Guillermo Dávila. Paul Vorín, Paul Vorón y Paul Vareda. Guillermo Dávila, Fernando Velázquez Subikurski y Octavio G. Barreda. Sub-y-baja. Jaime Torres Bodet y Enrique González Rojo. Tras de mi Monoclo. Manuel de León Ortega.

*Perdió su verdadero nombre. Todos lo conocían por este apodo.

José Luis Martínez, “Los pseudónimos”, San-Ev-Ank, (edición facsimilar) Fondo de Cultura Económica, p. 11-12.

«Mándame el San-Ev-Ank, desde el nº en que dicen que sacaron mi retrato con mi guacho.»

Carlos Pellicer a Dña. Deifilia C. de Pellicer, carta, Bogotá, 11 de marzo de 1919, Correo familiar (1918-1920)/ edición y prólogo de Serge I. Zaïtzeff, Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, 1997.

«La sección literaria de San-ev-ank, como era previsible, no pudo estar a la altura satírica del resto de la revista. Esa sección y la editorial eran las únicas que dentro de las categorías sanevankianas correspondían a la de “serio” (había también “muy serio”, “dizque en serio”, “jocoserio”, etcétera), a tal grado que otros redactores (incluyendo a Barreda) se dedicaban a molestar lo más posible a “los poetas de la novísima falange” y, entre ellos, como también resultaba previsible, sobre todo a Torres Bodet. En realidad hay que suponer que Torres Bodet se las arreglaba para irritar a los demás. […] En San-ev-ank, junto a los “Siete Sabios”, es blanco favorito. Siempre se refieren a él como al “fino cuanto espiritual vate Torres Bodega” y dicen que podría poner una salchichonería en la que podría decir versos al mismo tiempo que la atendiera.» 

«De hecho, la sección de literatura se limitó a la práctica deliciosa de la promoción mutua: González Rojo es presentado por Pellicer Cámara (“Estos hermosos poemas… indican la posesión de un espíritu delicado y pensativo”);¹Torres Bodet es presentado por González Rojo (“Jaime Torres Bodet, marca una nueva orientación en la poesía joven de México”); Gorostiza Alcalá, a su vez, es presentado por Pellicer (“Estos poemitas bellamente rítmicos y exquisitos de emoción, pertenecen a un poeta, en plena adolescencia, que logra cautivar emociones que delatan un temperamento del cual, acaso muy pronto, resulte un gran poeta”); Ortiz de Montellano es presentado por Torres Bodet (“corazón juvenil y melancólico. B. Ortiz de Montellano es de los espíritus raros actualmente entre los jóvenes de México”), etcétera. 

¡La juventud de México eran ellos! ¡La poesía joven eran ellos! ¡México mismo eran ellos!»

Guilermo Sheridan, “1918: el cuello torcido”, Los contemporáneos ayer, México: FCE, 1985.

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