Revista Mexicana de Literatura (México, 1955-1966)

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Muchas veces sentí más restricciones en cuestión de publicación en la Revista Mexicana de Literatura que en la Revista de Bellas Artes. En la Mexicana de Literatura, si no le caías bien a Monsiváis o a Vicente Rojo, automáticamente estabas fuera. Me consta haber visto a Rojo vilipendiar a tal o cual escritor y ver que a este sin posibilidades de colaborar en esas páginas. En cuanto a Bellas Artes, me parece un gran mérito que José Luis Martínez, dueño de una habilidad notable para manejarse en las esferas del poder, haya dejado tanta libertad a Huberto.

(Jorge Ayala Blanco, entrevistado por Ana Ivonne Díaz Hernandez, Revista a la revista de Bellas Artes 1965-1970 una mirada a sus páginas y a los círculos del poder cultural de los sesenta (Tesis de licenciatura, UNAM), 2002.

La generosidad de [Huberto] Batis lo llevaba a realzar a sus discípulos ante aquellos amigos suyos que eran poetas o escritores con nombre y obra y algunas veces el encarecimiento lo llevaba a hacerles oír nuestras cosas. La mayoría de aquellos amigos escritores suyos tenían entonces alrededor de cuarenta años y pertenecían a aquella memorable generación de la Revista Mexicana de Literatura y de la Casa del Lago.

(Adolfo Castañón, “Runa Llena”, Los Universitarios, 47, mayo de 1993).

La revista [Mexicana de Literatura] era nuestra, la financiábamos nosotros y era una revista de grupo, muy legítimamente de grupo. En comparación con otras, aquí éramos amigos y gente afín intelectualmente. Teníamos una revista definida con lo que queríamos. Aunque no éramos hombres de partido, sí teníamos una conciencia política y simpatizábamos con la izquierda. A la distancia creo que fuimos bastante innovadores en ese tiempo […] participamos en una especie de liberación moral de la literatura.

(José de la Colina, entrevistado por Ana Ivonne Díaz Hernandez, Revista a la revista de Bellas Artes 1965-1970 una mirada a sus páginas y a los círculos del poder cultural de los sesenta (Tesis de licenciatura, UNAM), 2002).

Cuando, siendo director de la Revista Mexicana de Literatura, me llegó a las manos un ataque salvaje contra Octavio Paz, me negué a publicarlo.

—Entonces usted no cree en la libertad de crítica y de expresión— me dijo el autor.  —En lo que creo es en la amistad —le contesté—. Y aquí no se publican ataques contra mis amigos.

 (Carlos Fuentes, “Mi amigo Octavio Paz”, Reforma, 6 de mayo de 1998).

En 1967 todo nuestro grupo, o sea, los que hacíamos la Revista Mexicana de Literatura y trabajábamos en el Departamento de Difusión Cultural o por lo menos teníamos colaboraciones fijas en la Revista de la Universidad, renunciamos al entrar como director de Difusión Cultural Gastón García Cantú y despedir a Juan Vicente Melo de la Casa del Lago acusándolo malévolamente de costumbres poco recomendables. Entonces ante el hecho de no tener ningún dinero […] muchos nos refugiamos en lo que pomposamente se llamaba Departamento de Publicaciones y era parte de los preparativos para que nuestro glorioso país fuese sede de los Juegos Olímpicos. […] Ese Departamento de Publicaciones sólo sirvió para que de los dos mil 200 pesos con una compensación de otros 200 que recibía como sueldo en Difusión Cultural por la gozosa tarea de hacer la Revista de la Universidad, con un horario de once de la mañana a dos de la tarde más una tarde completa en la que Carlos Valdés y yo la “formábamos”, o sea, le dábamos su aspecto como revista en la Imprenta Universitaria, donde me llevaba muy bien con el cajista dedicado a ordenar los plomos con letras que salían de los linotipos y después se imprimirían en las prensas planas, pasara a ganar diez mil pesos con un horario de nueve a seis de la tarde con tiempo para salir a comer.

(Juan García Ponce, “Cómo escribí El gatoMilenio Semanal)

Año de cincuenta y cinco
treinta de agosto en la tarde
de la imprentita de Arreola
salió la revista padre

El título lo pusieron
durante diez y ocho meses
no sabían cómo ponerle
hasta que vino Jaime

Mi querido Carlos Fuentes
no te me vayas de lado
no busques otras corrientes, 
busca la de los presentes

Hay unos que no me cuadran,
te voy a decir por qué
cuando escriben sus cuartillas
parecen perros que ladran

Portilla se levantó
fulgurantes sus anteojos
“El loco de Carlos Fuentes
anda metido en abrojos”

Portilla tiene razón
dijo Juan Rulfo quedito
que se quede en un rincón
haciéndose el difuntito.

[…]

Los periodistas dijeron:
“No hay que dejarlos hablar,
cuando salga su revista
la vamos a silenciar”.

Carlos Fuentes muy catrín
descubrió en una mañana
que Revista Mexicana
era un nombre de postín.

Sin perder tiempo ni hora
se puso a juntar centavos,
reunió a todos en la bola 
a pesar de los amagos.

Portilla ya se calmó
y un ensayista escribió
“Lo único que lamentamos
es que Arreola se rajó”.

Ya nimodo pajarito
que te manden a volar
ya llegó Carlitos Fuentes
con sus hojas a pelear.
(Elena Garro, citada por Patricia Rosas Lopátegui, El asesinato de Elena Garro),

El aislacionismo mexicano no es sino una de las consecuencias de la orgía nacionalista a la que nos hemos entregado durante los últimos diez años. Un día lamentaremos estos años de egoísmo, recelo y engreimiento. De ahí, también, la importancia de la R. M. L.; desde aquí se puede apreciar mejor su verdadera —y saludable— significación.

(Octavio Paz, Carta a Carlos Fuentes, Nueva York, 28 de noviembre de 1956, Citado por Malva Flores, Estrella de dos puntas).

Por aquí anda Victoria Ocampo, The lion’s hunter. La presentamos con Donald Keene e inmediatamente le pidió que se encargara de prepararle un número sobre literatura moderna japonesa. Me dio un poco de rabia —la idea era mía, pero me pareció difícil (por razones económicas) que R. M. L. pudiera encargarse del proyecto. […] Victoria se queja amargamente del poco caso que le hacen en Europa y los USA a los escritores de lengua española… sin embargo, ignora la existencia de R. M. L.

(Octavio Paz, Carta a Carlos Fuentes, Nueva York, 27 de diciembre de 1956. Citado por Malva Flores, Estrella de dos puntas). 

Cuando vino Octavio a México, reunió a los jóvenes más conspicuos para planear una revista. Nos reuníamos en un café, pero fue tal, esa vez sí, el desdén que me mostraron, que dejé de ir, fundaron la revista y yo no estaba. Algún tiempo después tuve una conversación con Carlos Fuentes en la oficina de Ramón Xirau y me pidió una colaboración. Escribí un artículo sobre El arco y la lira, y Octavio Paz que estaba en la India me escribe una carta elogiando el artículo, a partir de ahí me levantaron el castigo. Como Octavio escribió una carta elogiando el artículo, supongo que adquirí cierto prestigio a los ojos de Carlos, pero lo que me dijo es que él no podía ocuparse de la revista y que necesitaba ayuda material, de trabajo, así fue. Siempre me ha pasado un poco eso, entro por el lado del trabajo, de lo artesanal, y al mismo tiempo ya estoy dentro.

(Tomás Segovia [Entrevista con Iván Trejo] “Tomás Segovia: cazador de selva virgen”, Casa del Tiempo)

Conocí a Tomás [Segovia] hace más de medio siglo y desde la primera vez que hablamos me dejó deslumbrado. Además, como él comenzó a escribir desde la adolescencia, muy pronto comencé a leerlo, con lo cual fue mayor mi deslumbramiento. Siempre lo vi muy por encima de mí. Por eso, en 1958, quedé tan sorprendido el día en que me invitó a ser codirector, con él, de la Revista Mexicana de Literatura. A mi modo de ver, yo estaba pisando un terreno árido y austero, el de la filología; mientras que él pisaba el verde y florido de la poesía, el cuento y la novela; ser codirector de una revista literaria era muy ajeno a mis quehaceres, me quedaba muy ancho, y así se lo dije a Tomás. Pero él me contestó con unas palabras que se me quedaron hondamente grabadas: “Nada, nada. Tú eres de los nuestros, yo te conozco”. […] Nos reuníamos en su casa con el grupito algo cambiante de los colaboradores, revisábamos los originales que teníamos en las manos, organizábamos el número siguiente; y el aire que allí se respiraba era de gozo y de entusiasmo. Recuerdo especialmente la lectura de las colaboraciones destinadas a la sección final de cada número, llamada “La pajarera”: esas colaboraciones se publicaban anónimas, situación conveniente y cómoda era soltar la lengua y dar palos a escritores chirles o pedantes. Hay “pajareras” de Tomás, las hay mías (hechas con gran regocijo de mi ánimo), y las hay de otros colaboradores. 

Antonio Alatorre, Estampas.

«Cuando llegué a México quería hacer una revista y fui a ver a Octavio Paz que era subdirector de Organismos Internacionales de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Y me dijo: “Fíjese, me ha venido a ver un muchacho que tiene ideas muy parecidas a las suyas. Los quiero juntar”. Y Paz nos juntó a Fuentes y a mí. Gracias a él nos hicimos amigos y, al final, ninguno de los dos acabamos siendo adoradores de la vela perpetua de Octavio Paz.

Carlos Fuentes quería hacer su revista y yo quería hacer la mía. Platicamos, vimos que coincidíamos e hicimos juntos la misma revista. Paz nos patrocinó y orientó. Era nuestro papa, nuestro director: el director de directores. […] La Revista Mexicana de Literatura es labor de Carlos Fuentes y mía, nos reuníamos en el Fouquet, que estaba en el Centro. Octavio iba de vez en cuando, pero el director de directores era él. Nos agarró tiernitos y nos forjó. Después tuve muchos desencuentros con él desde el punto de vista ideológico, pero literariamente es el mejor poeta que yo haya conocido del siglo XX.»

Emmanuel Carballo, en El intelectual mexicano: una especie en extinción, de L. Concheiro y Ana Sofía Rodríguez.

A principios de 1955 apareció el primer número de la Revista Mexicana de Literatura dirigida por Carlos Fuentes y por mí. En su momento fue una publicación que despertó los más encontrados pareceres (nuestro modelo mexicano inmediato fue Contemporáneos). Si se suman nuestro elitismo, la posición vanguardista que asumimos ante las artes y las letras, la actitud política que condenaba el estalinismo de los partidos comunistas y los evidentes desmanes del sistema capitalista se pueden entender las antipatías que concitamos y las adhe siones que promovimos. Los intelectuales de ese momento se vieron obligados a tomar partido: contra nosotros o a favor nuestro. […] Por salud mental casi no me ocuparé de los panegiristas; por lo pronto debo decir que eran casi tan despistados como nuestros detractores. No entendieron lo que era, o quiso ser, la Revista Mexicana de Literatura (los primeros doce números). O quizá nosotros fuimos poco claros al exponer los objetivos. Ellos creyeron piadosamente que con nosotros regresaba al poder literario la gente de razón, la que pule, fija y da esplendor a las palabras, las ideas y las creencias. Para ellos la libertad es como el maná, sabe a lo que conviene en ese momento a sus intereses. Nosotros queríamos que supiera a novedad y a todo ese archipiélago de palabras cómplices: amor, imaginación, utopía. No cabíamos dentro de nosotros mismos ni dentro del mundo que habitábamos. A la vuelta de la esquina nos esperaban el mayo francés y el octubre mexicano. Y a unas cuantas millas la esperanza de la Revolución cubana. 

Emmanuel Carballo “Polémicas de medio siglo”, Revista de la Universidad de México 117, noviembre de 2007.

Como sucede, lo conocí [a Julio Cortázar] antes de conocerlo. En 1955 editaba yo una Revista Mexicana de Literatura con el escritor tapatío Emmanuel Carballo. Allí se publicó por primera vez en México una ficción de Gabriel García Márquez, Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo. Gracias, también, a nuestras amigas Emma Susana Speratti y Ana María Barrenechea, pudimos obtener colaboración de Julio Cortázar. Los buenos servicios y El perseguidor aparecieron por primera vez en nuestra revista renovadora, alerta, insistente, hasta un poco insolente.

 Carlos Fuentes, Personas.

«Recuerdo la conmoción que me produjo leer un poema (“El cántaro roto”) en la Revista Mexicana de Literatura. Recuerdo que esa revista y los suplementos literarios que llegaban a Monterrey me daban el deseo de verdadera vida literaria, y que dejé Monterrey para descubrir que el desierto está en todas partes y la verdadera vida siempre está más allá: en los textos, en las tertulias virtuales y, por supuesto, en las tertulias de verdad que milagrosamente llegan a producirse, como números maravillosos de una revista oral, efímera.»

Gabriel Zaid, “Lo que pedía nacer”, Letras Libres 35, noviembre de 2001.

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