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«Ese domingo aciago [12 de agosto], a las mismas horas en que Manuel perdía la vida, un grupo de amigos que compartimos con Manuel la aventura de hacer una revista de poesía en la década de los setenta ―El Zaguán― celebrábamos una buena fiesta, y comentábamos, entre otras cosas, las imágenes marinas del programa de Manuel dedicadas al autor de Nostalgia de la muerte. ¿Quién nos iba a decir a Luis Cortés Bargalló, a Alfonso René Gutiérrez, a Víctor Soto Ferrel y a mí mismo, el mudo drama que se vivía en ese instante en una playa lejana? ¿Quién sería capaz de interpretar aquel silencio? ¿Quién habría sido capaz de ver en semejante espejo de agua?»
Alberto Blanco, “In memoriam Manuel Ulacia (1954-2001). En la playa”, La Jornada Semanal, 19 de agosto de 2001).
«Mal haría uno en detenerse a discutir las virtudes y los defectos de las revistas literarias de los jóvenes si no fuera porque su persistencia en el curso de los avatares en los que muchas veces la crítica sucumbe no nos diera a entender que ellas son algo así como el canon de las futuras clasificaciones, aquellas en las que la personalidad del poeta se funde a la del nombre de la revista que lo califica en su historia. El riesgo personal es mínimo ya que la clasificación es posible casi siempre solamente allí donde la crítica es imposible. Las revistas que se abocan a la poesía, en particular, tienen garantizada su escapatoria en la medida en que son la manifestación de una afinidad: la que existe entre los poetas que las editan. Para los efectos de una crítica clasificatoria esa afinidad es suficiente para definirlos. Estas consideraciones se me ocurren a la vista de tres revistas cuya persistencia o cuyo nacimiento hacen evidente la continuidad de un esfuerzo que ha logrado vencer, sobrepasar o ignorar por completo las abominables efusiones infraístas con que culminó el apocalipsis populista del sexenio recién pasado. La primera de ellas es el número 4 de El Zaguán que con un retraso de casi 120 grados de la elíptica llega cargado de interesantes mercancías. En su carácter monográfico el número puede decirse que está dedicado al jaikú y al noble ejercicio occidental de la traducción de la poesía china, lo que no es mínima lección de poética.»
Salvador Elizondo, “Tres revistas”, Vuelta 4, marzo de 1977, p. 52.
«Ingreso, por invitación de Alfonso René Gutiérrez, al grupo de El Zaguán y conozco a Alberto Blanco, Pablo Arrangois, Javier Sagarra, a las gentes que iban a hacer la revista El Zaguán. Lo que sucede ahí es algo milagroso, porque lo que sucede en el momento en que nos conocemos, es que empiezan las pláticas de Octavio Paz sobre el poema largo en Siglo XX en El Colegio Nacional, y nos vamos a las pláticas de Octavio Paz, ya siendo parte de reuniones del grupo de El Zaguán, con Manuel Ulacia. Nos reunimos en El Colegio Nacional, ahí conozco a Cortázar y ahí nos acercamos a Octavio Paz, ahí surge la idea de hacer una revista. Octavio Paz nos da un poema, él nos invita a su departamento cerca del Ángel de la Independencia, nos invita y nos da un poema, ‘Primero de enero’, y aparece El Zaguán en otoño del 75, es el primer número; de esa forma estoy ya en Letras Hispánicas y publicando en una revista de ese nivel; es muy rápido.»
Víctor Soto Ferrel, “Víctor Soto Ferrel, distinguido por la FIL UABC”, Zeta, 28 de marzo de 2022.
«Casi coincidiendo con la aparición de El Ciervo Herido, la revista El Zaguán de Otoño (de Invierno, de Verano, etc.) fue, en más de un sentido, la exacta contrapartida de aquella. Y nos ayuda a distinguir, al hacer visible una vez más esa diferencia (poesía cultista vs. poesía vernácula) que con el correr del tiempo parece ahondarse cada vez menos —hasta que por fin se borre como cualquier falsa dicotomía—, las dos líneas por las que marcha la nueva poesía mexicana. Los temas pueden ser más o menos los mismos pero los tratamientos son muy diferentes: si en los poemas publicados por El Ciervo Herido se advierte la intención de asumir la catástrofe a todos los niveles (exterior e interiormente), en aquellos otros publicados por El Zaguán, lo mismo que en sus prosas y ensayos, parece predominar una voluntad contemplativa, casi de indiferencia, como aquel que se sabe de antemano resguardado del peligro gracias a la solidez de sus valores.».
Rafael Vargas. Entre el despiste, la luz y la prebenda (Las nuevas revistas literarias), Revista de la Universidad de México 2-3, octubre de 1978, pp. 67-68.
«El Zaguán es una hermosa revista que, en cierto modo, da la pauta a mucho de lo que se viene haciendo: pauta de universalidad, este mismo espíritu universalista de los nuevos poetas españoles, de los “nueve novísimos” a este poeta espléndido que es Siles (por cierto, estos poemas están en deuda tanto con Octavio Paz como con Lezama Lima, o Pound). Aparecen en El Zaguán traducciones del provenzal, del chino, del catalán, del inglés y poemas perdidos de Sandoval y Zapata encontrados por estos poetas y escritores jóvenes.»




